La construcción del poder popular

Roger A. Blandino

En Schafik encontramos desde hace muchos años enfoques y planteamientos que rompen con las visiones dogmáticas, anquilosadas. Encontramos pensamiento en movimiento en la búsqueda de respuesta a los problemas de la revolución, de la construcción del poder, del socialismo.

En el artículo titulado “La Resignificación del Pensamiento Marxista de Schafik J. Hándal Hándal en el Proceso Revolucionario Salvadoreño Contemporáneo”, Orlando Cruz Capote nos advierte que ya para 1968 Schafik reflexiona sobre la carencia de construcción de “una teoría general y singular‑concreta, ajena a la euro centralidad prosoviética predominante para el subcontinente”, y nos dice Capote que ya entonces, desde esa visión crítica, se remitía conscientemente hacia el pasado histórico sintetizado magistralmente en la frase del amauta peruano José Carlos Mariátegui La Chira cuando sentenció en 1928:

No queremos ciertamente que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano. He aquí una misión digna de una generación nueva.

63 años más tarde, el 25 de diciembre de 1991, lo que para muchos era el puerto de destino, el deber ser de la revolución, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) desaparece hundida en el óxido de sus profundas desviaciones, ante la mirada indiferente de la clase trabajadora y la decisión de apartarse rápidamente de ella de los pueblos que se habían cobijado bajo su bandera.

El Partido Comunista de la Unión Soviética, con 22 millones de miembros, de los que 18 millones eran parte del aparato de Estado, simplemente colapsó.

El tremendo impacto del derrumbe de la URSS dejó fuera de combate a muchos que habían hecho del marxismo una religión en el mundo entero, sumerge en el escepticismo a otros que prefirieron replegarse “decorosamente” y sube al caballo del cinismo y el pragmatismo desenfrenado a una cantidad no despreciable, numéricamente hablando, de antiguos gobernantes, de dirigentes y cuadros intermedios de partidos “marxistas” de todo el orbe y por supuesto a sinnúmero de hombre y mujeres del mundo académico.

Otros, los que habían tenido la lucidez de empezar temprano a hacer caminos propios en el mundo de las ideas y de la acción, entre ellos Schafik, lograron sobrevivir al terremoto que abatió el andamiaje de aquella estructura de pensamiento y de aquellas prácticas de gobierno burocratizadas.

El FMLN no estaba en una torrecita de marfil viendo pasar la historia. Como consecuencia, vivió en su seno el crecimiento de nuevos fenómenos político ideológicos derivados de esas circunstancias y, como en todo el mundo, ocurrió también que el impacto de esta situación arrasó el pensamiento de no pocos cuadros del Frente. Pero estábamos en guerra y en medio de un proceso de negociación para la solución política del conflicto, entrando a fases de definición que obligaban a todos, fuera cual fuera su posicionamiento sobre la revolución y el socialismo, a cerrar filas, pues de ese desenlace dependería “cualquier” futuro político.

Poco después del 16 de enero de 1992 las cartas se vuelcan sobre la mesa. Se vuelve pública la tesis de los que sostenían “que hemos logrado la revolución posible” frente a quienes identifican los Acuerdos de Paz como inicio de la transición hacia la revolución democrática, como paso necesario en la construcción del socialismo.

Es aquí donde brillan públicamente Schafik Hándal y Salvador Sánchez Cerén defendiendo el pensamiento marxista‑leninista, las ideas del socialismo y la conexión de la teoría revolucionaria con el pensamiento de nuestros próceres, con las luchas rebeldes de los indígenas desde Anastasio Aquino, las ideas del unionismo Centroamericano, las ideas de la iglesia progresista y con toda la riqueza de nuevas ideas hijas del desarrollo de la humanidad y de la ciencia, los problemas de la igualdad más allá de lo estrictamente económico, el medio ambiente, etc., etc.

Es el pensamiento revolucionario que no se enconcha en el dogma, que se abre a la frescura de la nueva realidad y desde ahí se plantea el problema de la transición política, del poder, de la revolución, del socialismo, atravesando por en medio de la tormenta y del jolgorio de la derecha mundial envalentonada proclamando el fin de la historia, de las ideologías y que celebra anticipadamente la creencia del inevitable derrumbamiento de Cuba socialista.

Schafik reflexiona a la luz de la teoría, de la experiencia de partidos amigos, de la experiencia de nuestro partido y de lo que señala la vida, analiza, explora, propone rumbos a seguir y nos habla entre otras cosas del poder popular. Y siendo autocríticos hemos de reconocer que no siempre logramos profundizar y comprender plenamente esas ideas para volverlas realidad.

El poder popular supone organización de pueblo, supone participación del pueblo, práctica de lucha, método para la formación y desarrollo de la conciencia en crecimiento en el seno de la organización como resultado del mejor conocimiento del tipo de sociedad en la que vivimos, de la propia lucha librada y de la necesidad del cambio, ahí está el rol conductor del partido, porque como bien lo aclara nuestro compañero: “Para que todos aquellos que puedan combatir contra el sistema se conviertan en revolucionarios, se necesita la conciencia revolucionaria y el compromiso con la causa; nadie nace revolucionario”.[1]

El poder popular deberá encaminarse en consecuencia, a ser fuerza consciente en cada lugar, en cada sector, una fracción viva y activa del cuerpo total de las fuerzas transformadoras de la sociedad rumbo al socialismo.

Schafik va más allá de la tradición clásica y contribuye a despejar ideas asumidas tradicionalmente como verdades absolutas. Entre otros aspectos, nos invita a pensar con quién debemos construir el poder popular. Por ejemplo, en junio de 1987 señala que en nuestras sociedades menos desarrolladas, al buscar identificar a las fuerzas motrices de la revolución, no es está necesariamente la clase obrera. Dice que estas se encuentran en el sujeto social, que “es un conglomerado donde predominan los trabajadores. No estoy usando el concepto de proletarios, ni obreros. Hablo de los trabajadores, y dentro de estos, la vanguardia debe de prestarle una especial atención a la clase obrera”. Y sigue: “Si vemos el campo, este concepto abarca sobre todo a la masa de trabajadores asalariados , pero además incluye a los campesinos con propiedad, entre los cuales hay una parte que por su situación en las relaciones sociales, económicas, culturales y políticas pueden considerarse más como capas medias que como obreros o proletarios. Todos estos sectores forman el conglomerado que responde más a la idea de pueblo que a la idea de clase”.

Advierte además que: “Al hablar de la clase obrera aun en los países con más desarrollo, no hay que deificarla, ponerla en un altar, creer que por ser la clase obrera ya son revolucionarios. Su tendencia natural es al reformismo, la demanda de reivindicaciones económicas y mejoras en las condiciones de trabajo. Por sí solo no puede dar más allá de un movimiento sindical y político reformista. La clase obrera puede jugar un papel de vanguardia revolucionaria solo si la teoría del socialismo científico se une al movimiento obrero, de lo contrario no hay papel revolucionario de la clase obrera”.

Estas ideas se complementan con el planteamiento que se recoge en el Tomo III, página 97, de Legado de un Revolucionario: “La tesis de Carlos Marx de que la clase obrera sería el enterrador del capitalismo no se ha confirmado. Lo que no se comprueba en la práctica deja un vacío”.

Las anteriores referencias aportan luces sobre el tema y sacuden a quienes siempre vieron la teoría revolucionaria escrita en las tablas de Moisés. Seguramente en los escritos de Schafik existen muchas otras ideas que se relacionan con este problema central de nuestra lucha que ayudan a la comprensión de su importancia y la necesidad de la construcción del poder popular y con quien o quienes construirlo.

¿Qué hemos hecho en función de la construcción del poder popular?

Al revisar a la luz de la práctica de los últimos 15 años cómo se manifiestan los esfuerzos por construir poder popular desde la relación pueblo partido y la lucha por los cambios, sin pretender agotar el tema, podemos reconocer elementos muy importantes del recorrido en el tiempo, los aciertos y errores principales.

Un tema muy importante, en 2001, era la lucha contra la privatización de la salud. Fue un parteaguas entre el reflujo de lucha social en la década 1990 y el inicio de su recuperación. Esta larga batalla social, que culminó en victoria popular al impedir la privatización del sector, representó para el partido un escenario del enfrentamiento político ideológico interno muy fuerte que no trascendió públicamente. La corriente llamada renovadora rechazaba acompañar la huelga desde una perspectiva electorera, que afirmaba que el sindicalismo y el movimiento campesino tradicional eran cosas del pasado, y que el acompañar estas actividades nos desgastaba frente a las capas medias, que eran ahora nuestro respaldo, nuestros votantes principales. Por otro lado la Corriente Revolucionaria Socialista consideraba que las formas tradicionales de organización mantenían su vigencia, debían de apoyarse y eran en perspectiva las organizaciones en torno a quienes podía avanzarse a la unidad de las fuerzas sociales de diferente tipo para luchar por los cambios. Con la victoria en esta batalla y con el paso del tiempo el proceso de recomposición de las organizaciones populares ha ido caminando con ritmos desiguales entre distintos agrupamientos sociales-sindicales-campesinos, generándose embriones de poder popular en estos. Lo cual es muy positivo aunque insuficiente.

Otro aspecto a considerar ha sido el impacto para la educación del pueblo de las nuevas formas de gobernar los municipios impulsadas por el FMLN, que llevan a introducir formas participativas de gobierno fomentándose la organización comunitaria, creándose las regulaciones (ordenanzas) para favorecer la participación y la relación con los distintos sectores ampliándose los mecanismos organizativos a las necesidades más diversas de las comunidades y no solo a través de las directivas comunales: organizaciones juveniles, de mujeres, por el deporte, el medio ambiente, la protección civil y otros temas.

Sin embargo, debemos de ver que aun habiendo logrado que la población reconozca esta apertura democrática, lo cual es lección aprendida por la población, no siempre hemos logrado elevar la conciencia de los vecinos del municipio y en esto ha influido sin duda el método inadecuado con el que se ha promovido la organización. Debemos reconocer que de manera inconsciente terminamos en muchos lugares reproduciendo practicas asistencialistas, paternalistas que neutralizaron nuestras intenciones.

En el caso de la ciudad de Mejicanos, que la gobernamos desde 1997 hasta 2012, por ejemplo, los Comités de Mujeres que construimos y las ONG con las que hicimos alianzas, no defendieron los cursos de formación que generamos, el apoyo legal que recibían, ni ninguno de los programas que impulsábamos en las 2 Casas de la Mujer que pusimos a su disposición. El día que la derecha decidió cerrarlas no hubo una voz de protesta que se hiciera oír defendiendo sus derechos. Lo mismo ocurrió con los jóvenes estudiantes becarios y sus padres. Perdieron sus becas y se quedaron sentados. Y muchos otros ejemplos que debimos mirar con amargura.

Traerlo a mención no busca recriminar a estos u otros grupos poblacionales. La intención es poner en evidencia que si nuestro trabajo no es correcto, no es bien hecho, simplemente deja una enseñanza política superficial, solo evidencia que somos distintos pero eso no compromete a nadie, no concientiza. Apenas puede servir para que nos recuerden bien y en la siguiente elección eso puede ayudar en algo a que nos retornen al gobierno en la localidad, como efectivamente sucedió donde el enemigo realizó gobiernos mediocres.

Pero, debemos siempre de recordar que conciencia política y el acto de votar son dos cosas distintas, es decir, podemos volver a ganar una elección y si no se toman las medidas de corrección de nuestra parte nada se moverá positivamente en la conciencia de la sociedad, por lo que, si la gente deja de acompañarnos, debemos de entender que ese no es problema del pueblo, es un problema de nosotros y señala que nos apartamos de los métodos correctos para hacer el trabajo en dirección a construir bases del poder popular.

En el plano legislativo también se han promovido mecanismos novedosos para hacer legislación desde la participación amplia de los sectores. El FMLN logró abrir las puertas de la asamblea, instalar nuevas dinámicas convocando a los sectores populares organizados a aportar ideas que enriquecen contenidos de ley, que vuelven estos procesos en espacios de educación política importantes.

Se ha logrado también la aprobación de leyes de fuerte impacto positivo en los sectores populares, como la desafectación de decenas de kilómetros de la línea del tren y de calles para favorecer a comunidades muy pobres con lotes para vivienda, pero advertimos que si no promovemos una rápida articulación y atención del partido en los territorios con estas comunidades no lograremos que se avance en la interpretación política de esta conquista que favorezca la toma de conciencia.

La llegada al Órgano Ejecutivo en junio del año 2009 nos presentó oportunidades importantes y nuevas aristas del problema de la construcción de la conciencia y el poder popular. Tener el Ejecutivo ha permitido trasladar al pueblo en todo el país la apertura a la organización, a la participación, es como replicar en grande la experiencia desarrollada en lo municipal y legislativo.

Ha permitido el desarrollo de las Asambleas Ciudadanas en cada uno de los 14 departamentos, Asambleas que aglutinan a centenares de líderes locales incorporándolos al debate para resolver los problemas de sus departamentos y localidades. El Ejecutivo ha propiciado diversos canales para vincular a sectores de distinta naturaleza con el quehacer gubernamental, todo lo cual es bueno pero debe de garantizarse que no se limite a formas de relación superficial, más cercanas a la tradición del presidencialismo asistencialista y clientelar histórico que a nuestro objetivo transformador de la sociedad.

La construcción del poder popular requiere que los funcionarios se compenetren con la idea de que es posible lograrlo siempre y cuando trasciendan del viejo estilo conservador del funcionario déspota que se escuda en el partido o en amigos poderosos. Se necesitan funcionarios que vayan al encuentro de la gente, cercanos a la gente a sus organizaciones y a sus dirigentes, funcionarios capaces de escuchar y dispuestos a empolvarse los zapatos.

Pero también llegar al ejecutivo nos plantea el reto de la batalla ideológica para vencer la inercia de los métodos de organización, de conducción y de la lucha en el plano sindical. Algunos de estos fueron buenos en el pasado frente a un enemigo que gobernaba y representaba el interés fundamental de las clases dominantes, pero hoy es distinto y si la realidad cambia, la vida nos ha enseñado que debemos de cambiar para adecuarnos a las nuevas exigencias.

Hoy más que en otros momentos de nuestra lucha los dirigentes populares deben de estudiar, de conocer la realidad. Solo así lograremos reducir las confrontaciones innecesarias y totalmente secundarias que se alejan totalmente del interés de las bases y se a

[1] Schafik Hándal: Legado de un Revolucionario (t.3), p. 98.

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